A propósito de La Huella del Bisonte

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Hace algún tiempo pude leer esta carta que transcribo acá textualmente. Y si no la he colgado acá antes es porque no había conseguido la autorización del remitente. El texto se parece bastante a lo que me hubiese gustado escribir a propósito de la novela La huella del Bisonte.

La carta en cuestión fue escrita por Yadira Pérez y aprovecho el lanzamiento de la página web de la novela, para hacerla pública.

Maracay, 21 de mayo de 2008

Querido Héctor:

Recibe antes que nada mi más afectuoso saludo.

Querido amigo, leí tu novela «La huella del bisonte», terminé de hacerlo apenas esta mañana. Pero antes de darte mi apreciación, quizá sea pertinente aclarar que nunca he sido buena haciendo críticas literarias, ya que mis lecturas se dan siempre desde el disfrute o lo emotivo, que es todo lo contrario del hecho intelectual. Jamás, y esto lo aplico también al cine, pretendo hacer un análisis o estudio de algo con lo que deseo distraerme. Una vez hecha la aclaratoria, ahora sí te doy mi humilde opinión.

Ya antes de terminarla (me refiero a la novela) la definía, no como una novela erótica, que es la etiqueta que trae, sino más bien como una novela psicológica que, dicho sea de paso, es un tema apasionante y -a mi parecer- mucho más complicado a la hora de narrar. Tu novela me llevó por muchas rutas emocionales y así pasé de una pequeña inquietud, a la alegría de reconocerme en una adolescente que creía olvidada, de la nostalgia a la rabia y la frustración, del dolor a la amargura, pero sobre todo a esta última. Me sentí Karla, Gabriela, Raquel, América y todas a la vez. Me sentí retratada y miserable. «La huella del bisonte» me llenó de desolación, de angustia por las cosas que nos toca vivir, por esos nueve centímetros de piel marcada que con triste romanticismo cargamos casi todas las mujeres. Tu novela me dejó un amargo sabor en la boca y una sensación extraña en el corazón, por esa ingenuidad con la que todos venimos a la vida (hombres y mujeres) y vamos dejando en el camino, en el autobús, en la avenida Lecuna o en cualquier otra, y que nunca, por mucho esfuerzo que hagamos, volvemos a recuperar. Pero es una novela hermosa, dolorosamente hermosa y perversa. Con un lenguaje sencillo, cotidiano, real, sin complicaciones pero limpio y elegante. En fin, amigo, tu novela me gustó, la disfruté, la viví y la sufrí como debe degustarse, disfrutar, vivir y sufrir una obra literia exquisita.

Te quiere, Yadira.

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