Durante muchos años, de hecho casi toda mi vida, viví en La Victoria. Viví en muchos sitios. Una de las casas en las que viví, por cierto, era una residencia. Sí, una especie de Tuna de Oro (como la del cuento de Garmendia), y el tiempo que pasé allí fue, en efecto, como en el cuento de Garmendia. La casa, una construcción de principios de siglo pasado, de esas que pretendían mantener el estilo colonial, había sido la sede local de la Sanidad. Y por más que sus dueños y sus inquilinos nos esforzábamos para que pareciera una casa, nunca perdió el aire de dispensario público, de colas para la consulta, de ansiedad por el diagnóstico. De hecho, todos inconscientemente acatábamos el espíritu primario de la casa, y las sillas que teníamos en el porche, evocaban la entrada de una sala de espera.
En la calle Guzmán Blanco, también en La Victoria, estuvo durante mucho tiempo la sede de la PTJ (no CICPC). Al mudar el cuerpo policial para otra sede, la antigua, una casa de dos plantas más bien fea, fue acondicionada y comenzó a funcionar un preescolar, que algún loco instaló allí. No, no es mentira, cualquiera que viva en La Victoria lo puede corroborar. Decenas de criaturitas lindas cantando inocentes cancioncitas infantiles, en las mismas habitaciones donde muy poco tiempo atrás, con otros métodos y otras motivaciones, otros (a veces inocentes) eran obligados a "cantar" otras canciones.
Héctor Concari escribió la historia de una cárcel devenida en hotel de lujo, tras una pugna política. Historia de zancadillas y ambiciones, de "Prófugos y fantasmas" como se titula el libro. La historia del país pasa por ese hotel, asegura uno de sus personajes; y es que Concari utiliza al hotel de protagonista de una novela en la que refleja la historia de un país que se nos hace conocido, llevado al extremo en la locura de sus funcionarios gubernamentales.
Qué de esos viejos fantasmas continúan allí, atrapados en sus paredes. "Esas paredes que hablan si se las escucha" como diría Elefante uno de sus personajes.
Héctor Torres, en una reseña hecha para la revista Veintiuno, escribió sobre ese libro: "La cárcel sin nombre de Concari es una metáfora de la llaga social maquillada. Por olvidar los pequeños problemas, por asfixiarlos con la indiferencia, aparecen robustecidos, como virus, sólo que a escalas monumentales".
Leyendo Prófugos y fantasmas (Random House – Mondadori, 2005) descubro que siempre he pensado que las casa y edificios mantienen consigo el espíritu de lo que las habitó. Será por ello que siempre me pareció una aberración tener niños de preescolar en aquella casa. Y por eso, también, mi Tuna de Oro nunca pareció el hogar de los que allí vivíamos. Por más que sí lo fue.
Siempre me toca pasar por La Victoria camino a Maracay hay algunas cosas que veo y me hacen gracia; como por ejemplo que lo primero que se vea sea un inmensa «M» y un hotel sin nombre (sólo «Hotel» a secas). Debo confesar que lo que más me gusta, es que es uno de los paisajes que me dicen que al viaje le falta poco…
Un saludo
En La Victoria hay cosas que hacen más gracia aún, por ejemplo El Palacio Campo Elías, sede de la alcaldía. Hace casi un año que no paso por allí pero la última vez que lo hice estaba pintado de un color espantoso, de absoluto mal gusto. Y antes de eso, por el colorido que tenía parecía la torta de cumpleños de una niña pequeña. Creo que los gobernantes de turno desconocen el sentido de belleza que puede haber en un edificio sobrio y elegante como ese. Por cierto, ese mismo palacio tiene una larga historia a cuestas; incluso fue, durante mucho tiempo, un liceo. Me pregunto si los fantasmas que ha acumulado desde entonces conviven juntos allí.